La Toráh y todo el Tanaj nos muestran que Dios no desprecia lo físico: Él lo diseña, lo habita, lo redime. Desde el principio, el cuerpo humano fue formado por Sus manos, con aliento divino. No es un estorbo para lo espiritual: es el espacio donde lo sagrado también quiere habitar.
Así como el Mishkán (el Tabernáculo) fue hecho con belleza, orden, fragancia y propósito, también nuestro cuerpo fue diseñado para reflejar gloria, limpieza y presencia divina. No somos solo alma. Somos una unidad preciosa: cuerpo, alma y espíritu.
Cuidar el cuerpo —con lo que comemos, cómo descansamos, cómo nos movemos y hasta cómo manejamos el estrés— no es vanidad ni lujo. Es obediencia. Es sabiduría. Es honra.
La mujer sabia reconoce que no puede vivir desconectada de su cuerpo, ni castigarlo, ni ignorarlo. Porque el cuerpo habla… a veces con fatiga, con dolor, con ansiedad o cansancio. Y nosotras, en lugar de juzgarlo, estamos llamadas a escucharlo con compasión y responder con ternura.
La alimentación, el descanso, el movimiento, el cuidado hormonal… son puertas que revelan nuestra espiritualidad encarnada. Porque la fe no se vive solo en la mente: se encarna en lo que hacemos con lo físico, lo cotidiano, lo íntimo.
Yeshúa vino en carne, no en concepto. Vivió, sudó, comió, lloró. Murió… y resucitó en cuerpo glorificado.
Dios no descarta el cuerpo. Lo redime, lo cuida, y habita en él.
Este es el primer estudio de la serie: La mujer sabia cuida su templo.
Te invito a hacer una pausa esta semana y preguntarte:
¿Estoy cuidando el templo que Él me dio?
¿Estoy escuchando a mi cuerpo con juicio… o con compasión?
La próxima semana, seguiremos con el estudio número 2 de la serie:
“Ciclos, hormonas y sabiduría femenina: reconciliación con el diseño de Dios”.
¡No te lo pierdas y compártelo con otras mujeres que también quieren caminar con propósito y cuidado integral!

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